Creación cautiv@, elabodado por una persona privada de su libertad
Por: A.
Un gatito tierno e inofensivo minino con piel de jaguar, garras y los instintos del más grande felino, con una vida de gato común para un gato corriente que no vivió ni siquiera una de sus vidas en su entorno común y corriente. No se había desarrollado aún como felino cuando el destino le jugó una mala pasada, la vida que conocía se acabó, terminó. Fue cortada de tajo, fue cortado e incrustado en otro lugar cual injerto, no pudo poner resistencia.
En un abrir y cerrar de ojos todo fue distinto, ahora podría decirse que habitaba en una galaxia distante e inconcebible o en otro planeta; aunque sí podría decirse que era un mundo paralelo a esta mismísima tierra, un mundo separado y adentro a la vez, solo separado por una ligera gasa suave pero resistente cuál concreto o acero. En este otro mundo al que el mínimo vino a dar existían toda clase de animales abyectos con todo tipo de vicios y los más bajos instintos.
Él creyó ser rudo, fuerte, duro y ruín, en suma él también quiso ser un animal pero se equivocó. En realidad era todo lo contrario: blando, ingenuo, crédulo y falto de toda astucia, era cualquier cosa menos lo que él creía.
Antes de ingresar a este mundo vivía como un rey, la gracia felina lo cubría, lo colmaba de bendiciones y créase o no tenía todo lo que un minino como él pudiera desear. Su mundo rayaba en la perfección, tenía manada, amor, simpatizantes y qué decir de la hermosa gatita de angora que le había prometido ronronear solo para él. Jamás pasó hambre ni frío, nunca estuvo solo, no conoció la enfermedad y tampoco la pobreza. En otras palabras siempre tuvo más de lo que necesitó, decir que era afortunado es poco, era noble y ese fue su pecado.
Creyó en alguien más, dejó de seguir sus sueños por los de alguien más, lo engañaron, le mintieron y lo peor de todo fue que él se dejó engañar caminando por sí solo hacia su perdición. Jamás dijo “no” ni impugnó nada, puso su vida en manos de otro animal vil y despreciable que le arrastró al infierno.
Este animal con apariencia de beodo primero se convirtió en su compañero de crápula ganándose su confianza y le hizo creer que sería capaz de dar la vida por él y le creyó, (vamos a decir que este otro animal en apariencia era una mezcla de zorro, víbora y oportunista carroñero). Con él se envileció en los vicios más bajos y con ello olvidó todo lo que poseía, todo lo que en su vida valía la pena, su verdadera fortuna.
Es verdad que esto resulta estúpido y torpe, es como cambiar oro por mierda pero a él le pasó, tan cierto como que el sol sale sobre almas puras y despreciables. Lo que comenzó como un juego o una aventura se convirtió en su peor pesadilla, se transformó en lo peor que jamás hubiera imaginado su tierna mente de felino.
Su existencia perfecta desapareció, no escuchó los consejos del sabio búho ni escuchó tampoco a la Madre Tierra, realizó todo lo que no debía y fracasó.
Hoy su nuevo mundo está rodeado de muros infranqueables con reglas propias y protocolos estrictos, está vigilado por bandadas de aves negras, cenizas, parduzcas y de diferente especie, con y sin principios o moral, insensibles, rapaces y violentas en extremo… así son quienes guardan la ley y el orden, unas disfrutan y otras cumplen con su deber. Ante tales seres este tierno minino fue entregado y no solo tenía que lidiar con las avecillas citadas, no solo tenía que obedecerlas y respetarlas; también le tocaría subsistir, sobrevivir y habitar con toda clase de animales y hasta insectos o parásitos despreciables e infectos.
En su nuevo mundo nuestro singular minino en compañía de sus verdugos fue conducido y asignado a la cueva, estancia o caverna en la que moraría. Una grieta fría y oscura, carente de cualquier comodidad, sumida en la más triste y deprimente austeridad que sería por una larga pero larga temporada su hogar, su canastita para dormir y su arenero, todo en uno. Encima en compañía de por lo menos seis y hasta once inquilinos más. ¿Qué he hecho?, ¿cómo pude llegar aquí? Esto se preguntaba pero aún no era tiempo de saber la respuesta.
Solo él conocía las circunstancias o actos que le condujeron a tan desolado páramo, ¡qué pena!, ¡qué tristeza! ¿Por qué no pude ver?, este no es lugar para mi, no soy un criminal, no soy un asesino o, ¿es que acaso lo soy? De esta forma meditaba, reflexionaba y buscaba en sus actos una justificación que no existía pero en el fondo de su corazón, en el osario de su alma lo sabía.
En su febril éxtasis, en su aturdida mente con todas esas drogas y bebidas fermentadas creyó que hacía lo mejor para él y para quienes lo rodeaban y amaban. ¡Se equivocó! ¡qué raro! ¡qué tonto!, ingenuo y estúpido, esto solo le pasa a un gato cuyas zarpas y fauces no han sido afiladas.
En su primer entorno conoció el amor, el respeto, la abundancia y la generosidad, la fraternidad y todas las hermosas bendiciones de la gracia divina. En su nuevo hábitat estaba por descubrir la otra cara, los más bajos instintos y la verdadera apariencia de su raza.
La vileza, la envidia, la pusilanimidad que ensucian, manchan o empobrecen al alma con todas estas pasiones que son menos que nada: la astucia, la malicia, la fuerza bruta, la falta de escrúpulos, de principios y qué decir de moral. La vileza necesaria para mentir sin pizca de remordimiento.
Maldición o bendición… es cuestión de enfoque, depende el mundo que habites si frente a mí veo un simio intentando hacer algún trabajo de la forma más primitiva imaginable. Estoy sin duda en la orbe de los animales y en dicho lugar las cualidades citadas antes son bastante útiles.
En ese yermo desolado se ingresa por transgredir las normas, por una falta aunque esta sea la ignorancia y en casi todos los casos es la perversidad; se ingresa, se es juzgado porque debe existir castigo no importa que el crimen solo sea una protesta, se dicta una sentencia menor o mayor según el caso.
Este acéfalo animalito recibió lo suyo y esto era permanecer nada menos que 500 años, pero un gato tiene siete vidas ¿no? ¡500 años hemos dicho! Una eternidad sin duda pero ya todo estaba dicho. La justicia había hablado y san se acabó. Quinientos años de quinientos días con los derechos y beneficios de ley; con tres comidas al día, servicio médico y loquero incluido. No tiene defensor; tampoco el conocimiento, no tiene los enseres necesarios de uso personal, pero tiene que andar bien aliñado y afeitado permanentemente. Imagínese si se puede afeitar a un felino cada día, todos los días…
La suerte estaba echada, no había más que decir y aunque hubiera podido decir mucho, aunque su locuacidad y elocuencia embelesaban ya poco importaba, ni sus sueños, ni sus aspiraciones. Su nuevo y agreste mundo es en verdad rudo, agresivo y cruel como un lobo hambriento; despistado como la naturaleza salvaje, no importan sus sentimientos ni sus emociones. Nada importa si vive o muere, cada animal vela por sus propios intereses y harán lo que sea necesario para sobrevivir no importa a costa de qué o de quién.
Existe todo tipo de animales en este bendito paraíso, vertebrados e invertebrados y la variedad es tal que se encuentran hasta bacterias, parásitos y alimañas de toda suerte despreciables y mezquinos que le han helado la sangre. Pelean por nada, se rebelan por nada y contra nada que valga la pena. No hacen nada que produzca gozo, amor o armonía, nada parecido a la armonía que siempre resuena en el universo entero, la que hace posible la marcha.
En este ecosistema se cuenta con cero intimidad, nada de pudor, ni un ápice de respeto, es como vivir en un tiradero, por debajo de esto solo queda el nosocomio y el campo santo. Ni siquiera un gato con sus siete vidas vale un pepino, como dice la canción: “…en León, Guanajuato la vida no vale nada…” nadie da nada, pues esto denota debilidad y nadie quiere ser débil, no importa que esto muestre la pobreza interior, a nadie le importa, a nadie le interesa.
Todo esto lo aprendió sobre la marcha (como se suele decir), si en el pasado alguien le dió un consejo él no escuchó, si alguien lo amó no se enteró; si alguien confió en él, lo defraudó. Se quedó solo e indefenso ante una ley, era ignorante, tímido y cohibido. En adelante sería uno más, un número, una sombra, un alma condenada como un galeote a la galera. Esta era su nueva vida, su segunda vida y la oportunidad de purificarse a través de la expiación.
El gatito se paseaba por el sector al que fue asignado que no era muy basto pero podría ser peor, en sus continuos recorridos observaba a los otros animales, laboriosas hormigas, astutos zorros, víboras y linces. Fuertes búfalos, rinocerontes y simios; veloces impalas, leopardos, liebres, y correcaminos. Lentos caracoles y estúpidos pájaros dodos que se creían extintos. Sabios búhos y longevas tortugas, aves de presa y montones de carroñeros, chacales oportunistas sin escrúpulos, entre otros. No hay fraternidad entre ellos solo conveniencia, no existe lealtad solo bajos instintos.
Quería huir, salir corriendo de ese lugar; desaparecer o despertar de lo que le parecía una terrible y cruel pesadilla. Muy a su pesar su realidad jamás había sido tangible, la temporada bajo ese régimen sería larga y los días agotadores (los frutos que logrará cosechar serían todo un logro). Pues poco o nada crece en este páramo. Las noches son enloquecedoras, si tuvieras con qué te volarías los sesos, pero hasta eso está prohibido; no tienes derecho a morir hasta que la deuda quede saldada (después podrás hacer lo que os plazca). Lo cierto es que las mil y una noches no son nada, la odisea en comparación habría sido tonificante y hasta un mundo feliz tolerable.
En cambio este animalito estaba estático, clavado al cieno, estático y pareciera que no existía el movimiento, los días parecían repeticiones del anterior y del anterior y aunque no fuera del todo cierto el caso es que eso parecía. Pero no importaba, él no importaba, lo que importaba es el hecho de que existía una pena impuesta y él para cumplirla aunque no conforme con ello existía también un juez de ejecución que velaría para que dicha pena se cumpliera, bla, bla, bla…
Si quería redimirse primero habría de inmolarse, sacarse el corazón del pecho y ofrendarlo al universo pues lo quisiera o no para salir de ese mundo fantasma tendría que hacer un largo y duro peregrinaje. Tendría que realizar la difícil travesía hasta la Meca milagrosa que limpiase su crimen y su alma tendría que caminar y tropezar para volver a pisar la tierra santa y volver a existir.
Comprendía esto en su interior e hizo un pacto tácito consigo mismo, se prometió resistir; hizo un gran juramento: resistiría de pie y dispuesto a avanzar, necesitaría redimirse, demostrar que valía tanto como cualquier otro; pelearía si de ello dependiera otra oportunidad, esperaria, asimilaría su tratamiento y con el ejemplo personal mostraría que él es un simple gatito y que era perfectamente capaz de aportar algo en beneficio de su gran “raza” transmitiendo solo aquello que produjese “gozo”, no es que este fuese fácil o común pero de cualquier modo igual lo haría, porque el animal que es en verdad generoso solo piensa en dar amor, compañia, aliento, apoyo, plata, el alma, el cuerpo entero incluido el sexo, un beso o un abrazo, una bendición. De momento las elegías y endechas no tocarían en su nombre, no estaba muerto, quizá no pisaría antros ni garitos, playas o castillos por una larga pero en verdad larga temporada pero tenía fe y confianza en sí mismo sobretodo.
Se aferraría a la estrella del norte que hoy seguía, escucharía más atentamente, vería más minuciosamente, sería más cuidadoso y agradecido; todo ello con alegría, pasión y fe; viviría más intensamente porque sentía más intensamente, los ayunos tenían su efecto de mayor claridad para pensar y discernir. Esperaría, sí pero aprendería que no todo estaba perdido y que aún existían animales generosos; almas puras que le enseñaban a sanarse a sí mismo, buscando en sí mismo donde existe todo lo conocido (y lo desconocido).
En este su nuevo y extenso viaje conoció las pérdidas y las ganancias, las victorias y las derrotas; encontró valiosos tesoros, conoció ángeles, conoció mujeres que merecen llamarse madres, desconocidos que merecen llamarse hermanos, demonios que merecen todas las maldiciones, las injurias y las imprecaciones existentes y por existir.
Así crecía y aprendía este descendiente del extinto dientes de sable, descendiente del poderoso león, del gran jaguar, del salvaje ocelote.
Es natural que le crecieran las garras y los dientes caninos, que la piel se le endureciera y los instintos se le afinaran y agudizaran sin embargo tenía la conciencia de que no era una fiera sedienta de sangre y muerte. No, no lo era, se sabía compasivo, tierno y generoso, si bien no era un prodigio ni un sabio, ni santo ni profeta lo que sí era un ser auténtico con ideas propias, con espíritu, con inspiración y pasión para crear arte, gozo y bienestar. Tenía hambre pero no en la tripa, no, su hambre no podía ser saciada con alimento común, su hambre la sentía en el pecho, le devoraba el pecho, le palpitaba en el centro del pecho.
No podríamos decir cuánto tiempo más tendría que permanecer en su retiro espiritual, en este bendito santuario que parece un pandemónium eterno, no sabemos cuándo le darán su oportunidad, lo que sí sabemos es que hoy por hoy y a pesar de todo cuanto hemos dicho este minino puede sonreír para sí mismo, puede ronronear y maullar libremente, miau, miau, miau…
